Análisis de Emilio Martínez Cardona (Minas, Uruguay, 13 de diciembre de 1971) es un escritor y periodista uruguayo–boliviano.

 

“El aumento del conocimiento depende por completo de la existencia del desacuerdo”.
Karl Popper

¿Qué tienen que ver las elecciones nacionales del año próximo, Santa Cruz y la cuarta revolución industrial? A primera vista nada, pero en el fondo mucho.

En el proceso electoral se decidirá no sólo quiénes serán los administradores del aparato público, sino ante todo el modelo económico para los siguientes años, que puede seguir siendo monoproductor-extractivista-estatista, lo que equivale a perder el tren del futuro, o virar hacia la incorporación de Bolivia a la transformación digital y las tecnologías de punta.

Para girar hacia esa nueva economía, donde el conocimiento es el principal factor creador de valor, hace falta por una parte reforzar la democracia del disenso, como bien lo indica la frase de Popper que hace de pórtico a este artículo.

Libertad de crítica, cultura del debate, capacidad de autocrítica, libre circulación de las ideas… Son parte de un paquete y de un ambiente muy distinto al promovido desde la “democracia comunitaria de la unanimidad y el consenso”, de la que se habla desde un poder tan verticalista como ideológicamente obsoleto.

Esto, teniendo en cuenta que la transformación digital no es simplemente la adopción de maquinarias novedosas, sino una reingeniería a gran escala de los procesos productivos, que se implementa con mayor eficiencia a través de la cooperación voluntaria de los actores del mercado y no mediante los decretos de una planificación centralizada, que sólo haría proliferar quimeras como las Kipus o el errante satélite Túpac Katari.

¿Dónde entra Santa Cruz en esta ecuación? Sucede que el departamento tiene las condiciones para convertirse en la región-corazón de este cambio, tanto por la masa crítica de universidades como por la tecnificación en marcha hacia la agricultura de precisión, la apertura a la adopción de biotecnologías y una eminente vocación exportadora.

Sumemos a esto una experiencia institucionalista favorable a la construcción de alianzas público-privadas y tendremos la infraestructura económica ideal para esa transformación.

Desde un punto de vista más marxiano que marxista (para usar la terminología de Norberto Bobbio) se puede subrayar la necesidad de que esa infraestructura sea acompañada por una superestructura política acorde, que pasaría por una presencia estratégica de la burguesía cruceña en los resortes principales del Estado.

Es evidente que este proyecto no podría ser gestionado por antiguos actores de una oligarquía andinocéntrica. El olañetismo del siglo XXI, que incluso se atribuye con arrogancia la “invención académica” de la Chiquitania, es un callejón sin salida hacia el pasado.

Santa Cruz tiene la oportunidad histórica de encabezar la revolución tecnológica en Bolivia, que implica una promesa superadora de las brechas de la ignorancia y la pobreza. Pero asumir políticamente ese desafío requerirá amplitud de visión y cohesión libre dentro de un marco pluralista. Lo veremos el 2019.