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Opiníon

Reflexiones en tiempos de pandemia: los posibles cambios en la sociedad y en las ciudades tras el COVID-19

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De:      Jimmy Cesar Toledo Castro[1]

            jtoledo@cotas.com.bo

[1] Arquitecto y sociólogo. Docente universitario.

 

El COVID-19 es una enfermedad infecciosa causada por un tipo de coronavirus recientemente descubierto, parte de una extensa familia de virus que pueden causar enfermedades tanto en los animales como en los humanos. La humanidad ya se había encontrado con este tipo de virus desde hace décadas, que causan infecciones respiratorias que pueden ir desde el resfriado común hasta enfermedades más graves como el síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS) y el síndrome respiratorio agudo severo (SRAS). Pero en Wuhan (China) estalla un brote de una nueva enfermedad desconocida en diciembre de 2019 que fue llamada COVID-19 (Corona Virus Disease) por la Organización Mundial de la Salud. En pocos meses la enfermedad se ha extendido de manera muy rápida por todo el mundo. Se cree que el COVID-19 se propaga principalmente a través del contacto cercano de persona a persona a través de gotitas de saliva que se producen cuando una persona infectada tose, estornuda o habla. Lo que ha hecho que sea muy complicado detener el avance de esta enfermedad es que algunas personas no presentan síntomas y pueden propagar el virus sin saberlo. En enero de 2020 la ciudad de Wuhan es declarada en cuarentena con sus 11 millones de habitantes, y en pocos días se ampliara la cuarentena a toda la región en la que viven alrededor de 35 millones de personas. Esta medida sin precedentes en la magnitud en que se hacía, era una medida drástica que buscan contener la expansión de una enfermedad para la cual la medicina aun no tenía los conocimientos y los recursos exactos para combatirla.

El 11 de marzo de 2020 se declara pandemia mundial porque los esfuerzos para contener el avance de los infectados fueron en vano y la enfermedad se había convertido en un problema global. Todos los países comenzaron a tomar diferentes medidas según la cantidad de casos que se iban detectando dentro de sus territorios. Se prohibieron viajes intercontinentales, se cerraron vuelos y rutas internacionales, se impusieron restricciones al comercio. Pero tarde o temprano todos los países terminaran estableciendo medidas como zonas de cuarentena para contener la de propagación y el llamado distanciamiento social para evitar el contagio por parte de los contagiados asintomáticos, para terminar en la cuarentena total. Esta solución pretendía ser un aislamiento preventivo que por un periodo de tiempo evitaría el contagio para preparar el sistema de respuesta de emergencia en los diferentes países, así como los sistemas de salud pública, con la esperanza de que se descubran tratamientos efectivos. Finalmente se terminó decretando cuarentenas totales en todos los países, con mayores y menores restricciones e incluso en algunos países de manera voluntaria.

¿Que implica una medida como la cuarentena?

Animarse a decretar una cuarentena es una medida extrema para cualquier gobierno en pleno siglo XXI, porque embarga los derechos individuales de las personas, conquista de los procesos de construcción de la democracia en occidente, que desde la propagación de las ideas liberales con la Revolución Industrial en el siglo XIX, había abandonado las ideas de bienestar comunitario, para asegurar a las personas las condiciones de libertad para que se procuren su bienestar individual. Un gran problema de la cuarentena es que se hace pensando en el bienestar comunitario que ha perdido sentido para la mayoría de la población en los últimos siglos.

Además es necesario remarcar que el costo de ese bienestar comunitario que se busca con la cuarentena, ha sido cargado al esfuerzo de cada familia. El Estado no asume más que el control de los ciudadanos, que además de verse encerrados de manera forzada, deberán buscar la manera de cubrir sus necesidades esenciales mientras dure el encierro, a pesar que las personas no tienen permitido salir a generar ingresos.

El trabajo y la educación a distancia por medio de la tecnología virtual se activaron donde lo permitieron. Pero son los gobiernos, los que activan una serie de ayudas sociales y económicas de diversas características según lo avanzados de sus sistemas de seguridad social y lo que permita su economía, conscientes que la medida traerá grandes consecuencias que hay que intentar atenuar desde el principio.

Ahora nuevamente, la población mundial se enfrenta a que las órdenes gubernamentales debe estar por encima del bienestar individual, y como en las épocas de gobiernos autoritarios mayormente militares, que embargaban los derechos de libre reunión, tránsito y trabajo. Se prohíbe cualquier actividad de la vida pública, sea social, cultural, religiosa o de cualquier índole; obligando a la población a quedarse en casa y evitar en lo posible el contacto con cualquier persona fuera del ámbito de convivencia.

Para la población ha sido no solo un reto de disciplina, sino alterar todos los hábitos y costumbres de su vida social como la concebían hasta ese momento, donde el libre albedrío individual, el respeto y la tolerancia eran los ideales para una convivencia donde la confrontación con lo diferente en la esfera pública, era lo que afirmaba la identidad tanto personal como colectiva, haciendo indispensable el escenario del espacio público para que se produjera las interacciones sociales para la construcción personal y de los grupos sociales. Ahora, encerrados en una cuarentena que no tiene fecha cierta de conclusión, nos enfrentamos a la amenaza de que vamos perdiendo de manera inconsciente de vista al otro, al diferente; ese que hacía que yo sea, y me exigía el respeto para que el otro exista.

Las largas e inciertas cuarentenas en la historia de la humanidad, habían terminado a mediados del siglo XIX, con el avance de la medicina en el estudio de los contagios y se dotó de una base científica a la cuarentena en cuanto a su duración. Se descubren nuevos conceptos como el periodo de incubación que hicieron que se avanzara en la eficacia de la cuarentena y se pueda poner una duración a la medida, aunque no resultó ser efectiva en todos los casos. Nuevos virus desconocidos, así como mutaciones en los ya conocidos siempre ocasionaban nuevos brotes y epidemias.

Con la cuarentena total, la sociedad global en la que estamos inmersos, marca un hecho sin precedentes, por lo que debemos tomar conciencia de las consecuencias que puede traer, como la angustia frente a lo desconocido, o como el tiempo incierto que durara la misma, que aumentan la presión tanto psicológica como social en las personas. La incertidumbre sobre como reconstruiremos las costumbres de socialización y las maneras de relacionarnos entre los demás seres humanos por un lado plantea nuevos retos para poder encontrar pareja o mantener relaciones casuales como estábamos acostumbrados o las más comunes relaciones familiares comienzan a ser revisadas bajo la óptica de las nuevas normas de higiene y bioseguridad. Además que hay que ser conscientes, que la larga duración de la cuarentena dejara huellas psicológicas en las personas, de las que quizás no se recuperen fácilmente y terminen evitando el contacto físico de manera permanente.

Por otro lado, viene la presión social sobre los cambios que se deberán implantar a las formas de organización del trabajo que se tenían. La economía, después de este freno obligado, tanto en la producción como en el consumo, deberá adaptarse nuevas condiciones de distanciamiento social para poder producir, y quizás a la alteración de los hábitos de consumo con nuevas prioridades respecto al mundo de la imagen y el espectáculo que teníamos, donde mostrarse y ser visto pasará quizás a ser intermediado únicamente por las redes sociales.

La adaptación a la manera de producir tendrá un costo que deberá ser asumido por los potenciales consumidores, que significará un retraso en periodos de adaptación e incluso la pérdida de puestos de trabajo para evitar la sobrecarga de los nuevos costos para poder mantener la oferta competitiva. Esto ha provocado que durante la cuarentena, corra el miedo de perder el empleo o de no ser capaz de adaptarse a las nuevas exigencias del mercado laboral con alto manejo de herramientas digitales y la capacidad de desenvolverse a través de ellas. Todas las industrias y servicios no tienen la certeza que la gente volverá a seguir las mismas pautas de consumo y sus costumbres sociales anteriores. Adaptarse, quizás, es un costo que no evitara que grandes fuentes de empleo terminen cerrando, dejando atrás a los trabajadores que no puedan migrar a desenvolverse en las nuevas condiciones en otros rubros.

Toda la población se ve enfrentada a un altísimo grado de estrés por el miedo que siente, frente al enemigo invisible que nos exige tantos sacrificios. Las reacciones han sido diferentes. Se sabe que el miedo bloquea la razón, y existen aún personas que niegan la existencia del peligro en algo tan pequeño e invisible como un virus. Las teorías de conspiración aparecen como una especie de huida de la realidad, de aceptar que a pesar de todos los adelantos tecnológicos que se han desarrollado a lo largo de la historia de la humanidad, y de todo el dinero que podamos acumular, seguimos siendo unos simples animales indefensos ante los designios de una naturaleza que estamos acostumbrados a usar y abusar a nuestro antojo y conveniencia. Quizás para la mayoría es muy difícil aceptar que podemos tener una cuota de responsabilidad por la pandemia. Existen otras tantas

teorías que culpan a la desforestación o la contaminación de la mutación de los virus o de su paso de animales a humanos.

Otra reacción posible ante el miedo de cualquier catástrofe es la búsqueda culposa de la causalidad. Los tiempos difíciles son una especie de castigo por las malas acciones propias o de algunos grupos de “diferentes”. Las diferencias pueden tener diversos orígenes como su origen, cultura o etnia, religión, condición social, clase, estilo de vida o un largo etcétera que abarcan todos los grupos posibles de cualquier minoría. Por lo que la situación actual es terreno fértil para la aparición de extremismos religiosos con discursos apocalípticos que reclaman la redención de las acciones pecadoras propias o ajenas, o la propagación de ideologías discriminadoras de minorías.

El miedo que se transforma en pánico contenido en los hogares sirve también como herramienta de exclusión. Por un casi instinto animal se ve que el enemigo no es solo la enfermedad, sino también otros seres humanos que están potencialmente infectados. Los otros que están fuera del ahora más limitado horizonte geográfico de la vida de cada persona. Los otros que no se comportan como lo hacemos nosotros o que no creen en lo que creemos nosotros.

El encierro también hace que las personas al no confrontarse con la realidad con lo opuesto y diferente comienzan a valorar solo su forma de afrontar la cuarentena como la única valida, porque olvida que no todas las personas tienen los mismos medios para lidiar con la enfermedad.

Estar tanto tiempo aislados, hace un retroceso en la mayoría de la población en la capacidad de empatizar y comprender otras motivaciones. Por eso ha sido tan importante seguir los ejemplos de los lugares donde se encararon acciones para mantener el sentido de pertenencia a una comunidad. Acciones tan sencillas como salir a una hora a reconocer el trabajo de los médicos y policías, hacía que las personas no se encierren en el hastío y sean parte de algo más grande que sus rutinas individuales. Los aplausos desde los balcones se convirtieron en una acción que unía e igualaba.

Compartir en la distancia charlas o canciones entre balcones se convirtió en esencial para mantener le conciencia del otro, aunque sea en la comunidad cercana, que suele ser homogénea por la segregación residencial según las condiciones socioeconómicas. Por lo que no son tan diferentes unos de otros y se puede pensar que todos los barrios tienen las mismas posibilidades y condiciones, o que gozan de los servicios de manera constante.

Algo parecido sucede en las redes sociales, donde solo participamos de grupos con intereses afines y de condiciones socioeconómicas similares. Así es fácil perder de vista al “otro diferente”. Peor cuando el algoritmo que programa lo que vemos, nos sugiere solo lo que nos pueda despertar en nosotros el interés de consumo, basado en nuestras búsquedas anteriores. Las redes nos acercan a los que ya teníamos cerca, no necesariamente en términos de distancia sino de intereses, afectos y costumbres, pero muy difícilmente nos permite interactuar con otras realidades diferentes. Por lo que el aislamiento fácilmente nos puede llevar a un egocentrismo para condenar las acciones y las respuestas a la pandemia diferentes a las que uno mismo considera adecuadas. Entonces comenzamos a

culpar a otros de que no se logre contener el virus. Los niveles de empatía pueden ser cada vez más bajos y eso significara una pérdida de la solidaridad como comunidad con altos costos sociales a la larga.

Estos costos sociales sumados a los costos económicos hacen que la medida de la cuarentena sea un alto precio para preservar un estilo de vida, modo de producción y sistema de gobierno que quizás no regrese en un buen tiempo.

Más que nunca tenemos la amenaza sobre las libertades individuales por el autoritarismo político, movido por el afán de lucro desmedido que nos lleva a la explotación del hombre por el hombre donde cada persona no importa porque el sistema de producción es lo que no debe parar, y donde individuo no decide ni lo que come, ni quién gobierna, porque otros intereses estructurales están por encima de la conciencia individual.

Nunca las amenazas de retroceso sobre las conquistas sociales históricas fueron tan tangibles como ahora. La sociedad no se da cuenta que está manipulada por el instinto de conservación, que en realidad no es individual, y está muy lejos de ser colectivo, sino que tiene su origen en la preservación del sistema capitalista.

 

Las desventajas para encarar la cuarentena en Bolivia, una realidad compartida en muchos países en vías de desarrollo

En Bolivia se confirmaron los dos primeros casos de COVID-19 el 10 de marzo del 2020, se trataba de dos mujeres que habían regresado de Italia. Uno de los casos se confirmó en el pueblo de San Carlos, en el departamento de Santa Cruz, y el otro en la ciudad de Oruro.

Con el paso de los días fueron apareciendo más casos y el miedo comenzó a cundir en la población. Como medidas de prevención se suspendieron las clases de todo el sistema educativo a partir del 12 de marzo, y se fueron asumiendo otras medidas como el cierre de las fronteras, se suspendieron los vuelos internacionales, solo se permitía el ingreso al país de residentes y ciudadanos bolivianos siguiendo el protocolo que sugería la Organización Mundial de la Salud; una semana después se decretó la cuarentena rígida en todo el país, quedando prohibido el transporte interdepartamental e interprovincial de pasajeros, se suspendieron todas las actividades laborales y se establecieron prohibiciones para la circulación en todo el país. Las personas solo podían salir según un rol establecido para abastecerse de alimentos y medicamentos. Para asegurar el sistema de abastecimiento solo se permitía transportar mercancías en todo el territorio nacional.

Antes de que se decrete la cuarentena, ya se habían visto reacciones frente a los primeros casos confirmados, que solo dieron certeza de la poca información seria que la población manejaba y el miedo que ya existía por lo que se veía en las noticias y en las redes sociales. Como se ha dicho, el miedo nubla la razón pero también hace que se pierda el frágil sentimiento de comunidad que ya tenía esta sociedad globalizada.

La expulsión del pueblo de San Carlos de la primera paciente en el oriente boliviano, marcaba claramente el inicio de lo que sería una lucha individualizada por la sobrevivencia. La escasa preparación de gran parte del personal de salud establecimientos públicos o privados. Mientras que se veía a vecinos rodeando tempranamente se deja sentir al negársele atención médica en diferentes

centros de salud donde supuestamente fue traslada la paciente para evitar que nadie salga y propague el virus, sin tomar las mínimas medidas de profilaxis demostraban que estaban más movidos por el miedo que por razones médicas o simplemente lógicas.

Durante el primer mes de la cuarentena, parecía que todo había sido una burla, como la fábula del niño que grita que viene el lobo, pero esta amenaza no terminaba de llegar. La cantidad de casos no llenaban las proyecciones e incluso había departamentos que no reportaban casos o después de algunos iniciales ningún contagio nuevo. Era como una bomba de tiempo, donde los diferentes niveles de gobierno hacían montajes televisados de pomposas declaraciones con un número innecesario de autoridades presentes, donde daban cifras en aumento, pero las esperadas medidas de prevención, protocolos de aislación, compra de equipos, materiales e insumos no llegaban nunca.

Desde un principio las autoridades actuaron como si desconocieran la realidad de un país, que está acostumbrado a que su sistema de salud no alcance para todos, donde hay que ir de madrugada a hacer cola, a veces varios días, para conseguir una ficha de consulta para poder ver a un doctor, y donde los procedimientos y análisis se programan y muchas veces ya no hay tiempo ni plata para continuarlos.

Una realidad es que el 47 %[1] de la población en caso de enfermedad, acude directamente a una farmacia para que le vendan algún medicamento sin una receta médica, 45 %[2] aplica soluciones caseras para evitar ir a un centro de salud, y un 18 %[3] busca la atención de un médico tradicional para recuperar su salud. Entonces no era algo nuevo que las personas infectadas por el virus no acudan a los centros de salud pública o privada a reportarse, cuando la estrategia de contención debió de partir de ir a buscar a los enfermos porque en Bolivia, la gente está acostumbrada a tratarse sus enfermedades por su cuenta.

Cuando se comenzó a hablar de la capacidad de nuestro sistema de salud, parecía que por primera vez la población se daba cuenta de la precaria situación en la que vivíamos todos los bolivianos. Para un sistema de salud que estaba lejos de poder cubrir la demanda habitual de su población, era prácticamente imposible cubrir la emergencia y se necesitaba duplicar la capacidad de camas hospitalarias y de camas en Unidades de Terapia Intensiva. Cuando la información pública ya había alertado hacía tiempo que en el país la capacidad de camas hospitalarias se había reducido, de 659 personas por cama, a 725 personas por cama entre los años 2007 al 2012[4]. Tendencia que no se había revertido en los años siguientes y que está cada vez más lejos del rango entre 250 y 400 personas por cama hospitalaria que establecen los estándares recomendados por la Organización Mundial de la Salud-OMS. Durante muchos años, nadie había protestado por la situación y ahora todos al ver el peligro eminente esperaban que un débil gobierno transitorio pueda dar una respuesta a semejantes carencias en corto tiempo. Creo que la principal reflexión como bolivianos que debemos hacer, o los que salgan de esto debieran hacer, es que los derechos que no se reclaman se pierden. El derecho a la salud[5] que tienen todas las personas está lejos de ser una realidad si es que no se toman acciones para exigir su cumplimiento por parte de las autoridades de todos los niveles de gobierno.

Con la situación de la salud que describimos, la cuarentena representaba la oportunidad de conseguir más tiempo antes de la expansión a través del contario comunitario, para tomar medidas urgentes que puedan paliar de alguna manera la emergencia. La cuarentena representa una serie de riesgos muy peligrosos tanto en lo económico como en lo social pero en un país como Bolivia aparecen una seria de condiciones adicionales que hacen que este tipo de decisión sea más pesada de cumplir para la mayor parte de la población, que debió merecer mayor análisis por parte de las autoridades para asumir medidas de mitigación desde un principio.

La primera característica de que debió pesar al momento de decidir entrar en cuarentena, es el tipo de economía que tiene el país. Se hacía más complicado el cumplimiento  de la aislación obligatoria, por el alto grado de informalidad de su economía. Según estudios de Fondo Monetario Internacional-FMI el 62,3% del PIB[6] boliviano se encuentra en la economía informal[7]. Se debe definir como economía informal toda actividad económica que no sea registrada debidamente por el estado por evasión fiscal o evasión de los diferentes requisitos de control administrativo, establecidos para los diferentes rubros o sectores. Lo que repercute directamente en la calidad del empleo y en la remuneración del mismo. La mayor parte de los bolivianos viven en actividades informales que no les aseguran un empleo permanente, con una remuneración suficiente y constante que cubra sus necesidades y la de sus familias.

De acuerdo con datos históricos del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) y del Instituto de Estudios Avanzados en Desarrollo (INESAD), el empleo informal creció de 68,8% en 2006 a 71,3% en 2017, según un estudio realizado por la Confederación de Empresarios Privados de Bolivia (CEPB).[8] Según el centro de Investigaciones Sociales dependiente de la Vicepresidencia, el porcentaje de empleos formales bajó del 33% al 32% en el año 2015.[9] Lo que significa que solo una tercera parte de los trabajadores bolivianos, tienen una relación laboral reconocida a través de un contrato de trabajo, que le aseguran sus derechos laborales como son la seguridad social a corto y largo plazo, y el finiquito al término de la relación de trabajo[10].  Cuando se dicta la cuarentena y la inamovilidad laboral y el goce del sueldo mientras dura el periodo de encierro por la emergencia sanitaria, solo esta tercera parte de los trabajadores supuestamente siguieron percibiendo sus ingresos. Pero igual algunas empresas realizaron despidos mientras se adaptaban al trabajo remoto desde sus hogares las que sus medios y el rubro lo permitían. Otras también negociaron para no cubrir la totalidad del monto, por lo que el número de trabajadores que no vieron reducidos sus ingresos drásticamente debe ser aún mucho más bajo. Así que poder costear el quedarse en casa se convirtió para la mayoría en un gasto que mermo rápidamente los ahorros familiares, si los tenían, y obligo a que muchas personas comiencen a buscar nuevas formas de generarse ingresos para mantener los gastos mínimos de la familia. Vender productos realizados en casa en el vecindario inicialmente, y con el tiempo aprovechar las redes sociales para poder vender a través de los sistemas de reparto que se organizaron fueron una alternativa para quienes tenían las habilidades, los dotes de emprendedores y el acceso a la tecnología.

Pero aun, no se analiza lo que paso con los otros dos tercios de trabajadores bolivianos que tenían sus ingresos en el sector informal. Los relacionados con el comercio de abarrotes, tuvieron que adaptarse rápidamente y salir a las calles a ofrecer sus productos en los barrios. Las autoridades encontraron en estos mercados móviles la ayuda para poder sortear las dificultades de abastecimiento que no habían previsto que traería la cuarentena, más aun al cerrar varios mercados para controlar focos de contagio. Pero también esta alternativa no alcanzaba para que todos los comerciantes puedan tener ingresos, sino a los intermediarios que eran propietarios o tenía la posibilidad de acceder a algún medio de transporte para su mercadería y así llegar a los barrios. La iniciativa popular hizo que vayan apareciendo en los barrios ofertas de todo tipo de comidas y de material de limpieza e higiene. La prohibición de circulación de vehículos hizo que apareciera la oferta de personas que trasladaban las bolsas de las compras desde los centros de abastecimiento hasta los domicilios en carretilla. Así los mercados y supermercados, y los puntos como las intersecciones de las principales avenidas, donde se aglomeraban los vehículos de los llamados mercados móviles se convirtieron rápidamente en puntos de aglomeración donde difícilmente se podía controlar las medidas sanitarias como la distancia social.

Pero a pesar de la gran inventiva e iniciativa de la población acostumbrada a sobrevivir dentro de la economía informal, un gran número de la población no conseguía los ingresos necesarios para mantener a su familia en el encierro. La solidaridad altamente practicada en la ciudad Santa Cruz, parte de un modelo de economía colaborativa, que fue lo que dio el impulso para la obtención de servicios básicos a través de un sistema cooperativista, en la mitad del siglo XX, nuevamente se articuló para generar redes de ayuda.

Se recolecto alimentos y se establecieron sistemas de reparto por iniciativa de grupos ciudadanos. En los barrios, la ayuda se gestionó de diferentes maneras. En algunos se repartían bolsas de ayuda a las familias necesitadas, pero también a través de ollas comunitarias, que eran autogestionadas por grupos organizados que se entraban en contacto con los grupos que recogían y repartían alimentos. Este espacio de solidaridad comunitaria se convirtió también es una grieta en la cuarentena porque reunía a grupos de personas que a pesar que podían tomar todas las medidas de bioseguridad que podían costear, en algún lugar la cadena podía fallar y romperse en los eslabones más débiles que no tenían el dinero para comprar el material necesario.

La medida de dar bonos a las familias necesitadas para poder paliar los efectos de la cuarentena tampoco fue la más acertada por parte del gobierno central. Los bonos llegaron tarde, cuando ya la gente tenía un hambre atrasada de casi un mes o quizás mas. El cobro de los bonos hizo que las personas se aglomeraran en las entidades financieras que eran las intermediarias para repartir el dinero. Otro nuevo foco de contagio creado, que no representaba una ayuda directa. Se les daba a las personas dinero para comprar víveres, cuando había restricciones de circulación por días y horarios y muchos centros de abastecimiento se habían cerrado por riesgo de contagio. El horario reducido que atendían los centros de abastecimiento, tanto municipales como privados, también contribuyó a que hubiera días de altas concentraciones de personas, que tenían que hacer largas filas para poder ingresar a comprar provisiones.

Si en todo el mundo se tuvieron serios problemas de adaptación en las familias, porque los espacios de todos sus miembros se superponían en viviendas con todas las dependencias necesarias según las actividades más importantes, condiciones de habitabilidad buenas y con servicios como televisión por cable e internet. Pero el espacio de trabajo de los padres, de estudio de los hijos, de recreación, de descanso, incluso de hacer deporte o cualquier otro hobby debió compartir el espacio disponible que tenía la familia dentro de su vivienda generando fricciones entre las personas que compartían la vivienda y aumentando el stress del encierro. Esto es mucho más complicado para los bolivianos por las condiciones de vivienda que tiene el país.

Primero se tiene que tomar en cuenta que en Bolivia tenemos aún elevados índices de déficit de vivienda, tanto cuantitativo como cualitativo. En cuanto al déficit cuantitativo, el país ha tenido una gran mejora pero que está perdiendo impulso por lo que se puede prever que está siendo cada vez más complicado o imposible para la mayor parte de la población conseguir una vivienda propia. Para el año 1992, el déficit alcazaba al 43,8 %, teniendo una amplia mejoría para el 2001 que bajo al 9,8 %, pero para el 2012[11] se incrementa nuevamente al 13,5 % que equivalen a 377.660 viviendas. Lo que ocasiona que muchas personas deban vivir en alquiler, gasto que durante la cuarentena se mantiene constante cuando la mayor parte de la población no generaba ingresos por las condiciones de informalidad del empleo que se explicaron antes. En Bolivia, el 11,2 % viven en viviendas alquiladas; y un 11,8 % en viviendas prestadas, cedidas o en anticrético[12].

Para analizar la situación de los bolivianos en la cuarentena según el déficit cualitativo de la vivienda, se tiene que tomar dos aspectos fundamentales: el hacinamiento y las condiciones de habitabilidad de las viviendas. Primero, el hacinamiento es una medida cualitativa que se determina con el número de personas que duermen por habitación. Se considera que hay hacinamiento cuando más de tres personas por dormitorio o no se dispone de un cuarto para cocinar exclusivamente.

El hacinamiento es negativo son solo por la incomodidad de tener que compartir un espacio mínimo entre varias personas, sino también porque limita las posibilidades de movimiento y desarrollo de actividades personales. Vivir en espacios mínimos con mucha gente hace prácticamente imposible que se puede tener una higiene satisfactoria y una seguridad personal. Por lo que las condiciones de hacinamiento se consideran que afectan directamente a la salud de las personas, e incluso puede existir riesgo para la vida o un desarrollo normal. En las áreas metropolitanas de Bolivia, el 21 % de las viviendas presentan condiciones de hacinamiento, pero existen ciudades que supera el 30 %.[13] Según el censo de 2012, estaríamos hablado de 67.859 viviendas, solo en las áreas metropolitanas cuyos habitantes, no tendrán espacio suficiente para poder cumplir la cuarentena dentro de casa. El encierro significa aun mayor estrés emocional por las condiciones en las que viven y definitivamente tendrán que salir de casa para mantenerse sanos, quizás no del virus, y conservar la cordura.

Por otro lado, se entiende por habitabilidad a las condiciones mínimas que ofrece un espacio o construcción para brindar confort y preservar las condiciones de salud de los ocupantes. El confort es determinado por las condiciones de acondicionamiento térmico principalmente que depende de la calidad de los materiales de construcción adecuados al clima y al uso que se les da. Las condiciones de salubridad dependen principalmente de la existencia de servicios básico como ser agua potable, alcantarillado sanitario, recojo de basura, etc. Pero no se puede dejar de tomar en cuenta la ventilación natural e iluminación de la vivienda, que es fundamental para evitar generar condiciones de contagio de enfermedades. En base al último censo del año 2012, el estado de los servicios básicos tiene aún serios problemas de cobertura en algunos casos o de calidad en otros. En las regiones metropolitanas el 82% de las viviendas tienen cobertura por cañería de una red pública.

 ¿Entonces las viviendas que dependen de un carro repartidor de agua o de ir a una pileta pública para conseguir agua, que debían hacer durante la cuarentena? ¿Se tomaron las medidas necesarias para que todos los hogares bolivianos tengan este servicio tan elemental o tuvieron que salir las personas a proveerse? Si preguntamos qué cantidad de viviendas tienen una distribución por cañería dentro de la vivienda, solo tenemos un 65 % que cuenta con esa “comodidad” que es esencial para mantener una cuarentena rígida pensando que en los barrios más alejados la división entre lotes es simplemente un alambrado.

El alcantarillado sanitario, en las regiones metropolitanas, que debieran ser las más adelantadas en los servicios básicos en el país por la cantidad de población y recursos, solo llega a una cobertura del 68 %. Y solo el 83 % cuenta con el servicio de recolección de residuos sólidos, sin entrar a la discusión de la calidad del mismo. Se debe tener en cuenta que 17 % de las viviendas han tenido que estar buscando alternativas sobre qué hacer con sus residuos el tiempo de la cuarentena. Las condiciones de habitabilidad, solo con el indicador de servicios básicos nos demuestra lo difícil que puede ser quedarse en casa. Si se analizaran los materiales de construcción se detectarían problemas adicionales como los techos de chapa metálica, que no aseguran la aislación térmica frente a los rayos solares, convirtiendo a las edificaciones en lugar insoportablemente calientes por muchas horas del día. Las reducidas dimensiones o la carencia de ventanas por motivos de seguridad, que repercuten en el confort térmico de las viviendas precarias y contribuyen a generar ambientes propensos al contagio de enfermedades, principalmente respiratorias.

No hay que olvidar que muchas viviendas en muchos casos, solo funcionan como dormitorio por la lejanía de las fuentes laborales, y que es una tendencia que los hijos estudien cerca del trabajo de los padres más que cerca de su vivienda porque en la economía informal muchas veces los niños fuera de la escuela desarrollan tareas ayudando a sus podres o tienen sus propias fuentes de trabajo[14].

Finalmente se tiene que considerar que según la Encuesta Metropolitana en Desarrollo Humano (EMDH) del año 2014, en las regiones metropolitanas el 30,50 % de los barrios carecían de plazas y parques, el 21,7 % de campos deportivos y el 65,6 % de otro tipo de espacio público de encuentro social.[15] Si hablamos de uso, está por debajo del 50 % de la población. Por lo que podemos pensar que enfrentamos una debilidad más para enfrentar la cuarentena, que es la escasa vida comunitaria en los barrios. Las causas son muchas y diversas, la informalidad en la economía sigue siendo un factor que hace que mucha gente dedique más tiempo a buscar maneras de subsistir y generar ingresos y no tenga tiempo de socializar con los vecinos. La cooptación de la representación vecinal, que interactúan con las autoridades, por grupos políticos, sean juntas vecinales, club de madres e incluso clubes deportivos; hace que nos sea un interés de los vecinos participar porque sirven a otros intereses y no los de la comunidad. Entonces tenemos gente que es apática a la participación y pasiva en el ejercicio de su ciudadanía, lo que complicara cualquier organización comunitaria para responder a la pandemia. Tenemos una población que está acostumbrada a la protesta porque es el mecanismo que los grupos de poder responden a sus demandas, antes que ser propositivos y gestores. La gente no siente un compromiso con su comunidad, solo en las ocasiones que esta puede significar un beneficio personal o para su familia. Entonces no contamos con redes sociales que sean efectivas y verdaderas, sino con organizaciones políticas que las suplantan.

Hoy más que nunca, no enfrentamos a las peligrosas consecuencias de la perdida de institucionalidad, de la perdida de respeto al más elemental derecho de representación ciudadana. El sistema político que tanta corrupción y empobrecimiento trajo a nuestro país, ahora se mira en la cara social de su gente que combate la desgracia. Ciudadanos que desconfían de sus autoridades, que están acostumbrados a solucionar sus carencias improvisando de manera individual, que huyen de la policía y el ejercito que los acostumbro a la extorsión y al abuso, que no participan en el ejercicio de la ciudadanía para ser parte de soluciones desde abajo, porque nunca se acordaron de las necesidades de los abajo; y donde la democracia plena y participativa que nos lleve a una sociedad equitativa y justa cada vez es un sueño más lejano, porque la vida política sigue siendo manipulada por grupos que siempre han dejado a grandes masas olvidadas.  Por eso la cuarentena es una olla a presión que no parece tener escapes y que en cualquier podría generar un estallido social sin precedentes.

Nuevos cambios en las ciudades globales después del COVID-19

Se debe partir del hecho que nunca la humanidad había enfrentado una pandemia de la escala actual, donde todos los esfuerzos de contención fueron inútiles y el virus se extendió por todo el mundo a una velocidad imparable. Las reacciones, desde las más tempranas de detener vuelos comerciales o suspender el intercambio comercial hasta llegar a la cuarentena, fueron sin precedentes dentro de la lógica del dinamismo global. Por primera vez el capitalismo, con su afán de producir para un consumo creciente que parecía que nunca tendría fin, y que seguía adelante sin importar daños ambientales o inequidades sociales, se detuvo por primera vez. Este freno en seco fue un respiro para el planeta donde los índices de contaminación bajaron notablemente, y represento la oportunidad para que la humanidad reflexione si es sistema bajo el cual vive está cumpliendo con el objetivo de dar a la mayoría de los seres humanos lo necesario para cubrir las necesidades básicas que les permitan llevar una vida de calidad y desarrollarse según sus capacidades. La cuarentena nos hizo tomar conciencia de las profundas desigualdades en el acceso a las oportunidades. Las diferencias no solo eran entre países y entre regiones, eran entre barrios y entre vecinos. Los discursos iniciales de solidaridad que marcaban lo que ya muchos ilusionados hablan de un nuevo orden mundial de una cultura global basada en la búsqueda de la equidad se fueron acallando. Aún sin que termine la cuarentena, se puede asegurar que el capitalismo global no está en retroceso, sino que tomó una pausa para afirmarse nuevamente como la lógica egoísta de acumulación individual que ya no escandaliza a nadie. Se aceptó durante la cuarentena la especulación de los precios de los artículos de bioseguridad, de los medicamentos, de los alimentos, y de todo artículo que representó una demanda masiva. Las desigualdades que pretendimos descubrir en la cuarentena se están perpetuando cada día sin la denuncia de nadie, donde cada uno busca la manera de sobrevivir y culpa a los otros de las condiciones que se enfrentan. Quizás es por costumbre o es más fácil culpar a los marginados de siempre que reclamar los derechos que están muy bien escritos en las leyes y son repetidos en sus discursos por los políticos. Pero la gente no reclama a los gobiernos que pueden suspender las libertades individuales para declarar una cuarentena, pero no se animan a ofender los intereses de las grandes farmacéuticas y laboratorios, sin contar con los servicios de salud privados, bajo la excusa que son las reglas de juego del capitalismo, la libre oferta y demanda que es inviolable en un estado de derecho, pero la preservación de la vida no importa.

Por lo que comienzo a creer que solo tendremos adaptaciones funcionales a nuevas demandas en las ciudades. El sueño del nuevo orden mundial se quedara en la consciencia de algunos, que quizás con los años comiencen a demandar lo que hasta el 2019 hacían los grupos de radicales, descontentos, “marginales” y otros grupos de hippies, abraza árboles y demás apelativos con los que denigran las ideologías que se atreven a oponerse al sistema como lo conocemos hasta hoy. La idea de que se puede hacer las cosas de otras maneras se diluye y esperemos que sea en los jóvenes los que haya dejado la duda para que con el paso del tiempo tengan estos grupos más seguidores y se pueda tener la certeza de un verdadero cambio.

El tiempo pasado en cuarentena no ha sido lo suficientemente largo para olvidar las conquistas sociales a la libre expresión en el espacio público o para que las personas se contengan bajo el autoritarismo. Por lo que se reforzara el uso intensivo de espacio público como espacio de expresión y demanda social. Las diferentes luchas que se enfrentaran desde ahora no se quedaran en las redes sociales como se podría pensar porque la gente ha tomado nueva conciencia que su fuerza está en la unión de grandes mayorías. La aislación dejo la sensación de que no existen interlocutores válidos entre el ciudadano y las autoridades por lo que la participación en el futuro será más decidida

El confinamiento decretado solo se ha cumplido de manera exitosa en los sectores más formales o de las clases más pudientes de la ciudad. En las villas más alejadas o en los barrios populares, las diferentes estrategias de supervivencia de las familias dependientes de la economía informal hicieron que sea inviable. Con el tiempo en algunos barrios se organizaron iniciativas comunitarias que aceptaron un confinamiento barrial. Quizás nunca las ciudades estuvieron tan fragmentadas. De la segregación residencial que se ha producido siempre en los entornos urbanos, por costos de terreno, edificación y servicios y/o costumbres compartidas, las ciudades habían pasado a una segregación espacial y social casi total. Los barrios se homogenizaron en las últimas décadas y se habían buscado maneras de mantener a cada grupo de acuerdo a sus posibilidades en sueños de progreso, que habían logrado una discontinuidad geográfica, escasa vinculación y hasta la segregación física entre grupos sociales. La cuarentena nos volvió a la realidad que dependemos muchos de los otros. Las clases pudientes tuvieron que asumir las tareas de servicio, mantenimiento y reparaciones, pero con el tiempo también buscaron la forma de romper el aislamiento para seguir gozando del personal de servicio. Lo cual se hacía difícil por las distancias y las condiciones de vida en los barrios pobres, que significaban un peligro para esa seguridad que les proporcionaba el encierro.

El afán de exclusividad o de exclusión de las últimas décadas se chocó con la necesidad de vecindarios diversos socioeconómicamente para que siga habiendo el intercambio en la comunidad pequeña y más próxima. Se sintió la necesidad de quién haga pan, quien cuide jardines, quien pueda hacer reparaciones domésticas, personal difícil de encontrar en barrios homogéneos de clases pudientes. Entre los planificadores ya se hablaba de la necesidad de evitar la segregación categórica y comenzar a concebir la ciudad como un espacio de usos mixtos y de heterogeneidad social, como estrategia para convertir las ciudades en sostenibles. La reciente experiencia reafirma la necesidad de dejar de fabricar islas para convertir los barrios en comunidades que puedan enfrentar de manera conjunta otro tipo de emergencias y necesidades.

La mayoría de las personas también tomo conciencia de sus necesidades de espacio. La clara tendencia inmobiliaria de espacios reducidos y la mayor dependencia de las áreas comunes en condominios o urbanizaciones; o del espacio público en los barrios va a entrar en crisis. La tendencia es que se usa menos superficie para hacer accesible las viviendas urbanas para la población pero se sacrifica bienestar, bajo la premisa que las personas llevan estilos de vida que los mantienen fuera de sus casas la mayor parte del tiempo.

Con la pandemia ocurrió la superposición de espacios y roles entre los miembros de la familia. Algo que generó mayor presión para sobrellevar el aislamiento. Por lo que para enfrentar futuros peligros epidémicos se debería pensar en nuevos tipos de vivienda que aseguren espacios mínimos para todos los habitantes de una vivienda en sus diferentes actividades. Más aún cuando la perspectiva del teletrabajo es una realidad que cambiara mucho nuestros hábitos de vida y la forma en que nos movemos en las ciudades.

Los departamentos y casas del futuro cercano ya no pueden depender de áreas sociales comunitarias o equipamientos urbanos cercanos, además que tienen que ofrecer las posibilidades de mantener las medidas de bioseguridad que se puedan volver a necesitar en el futuro. Todo esto puede ocasionar que la vivienda sea aún más cara e inaccesible para las grandes mayorías, por lo que se tendrá que comenzar a replantear la dependencia de la tecnología y el consumo de energía para lograr dar condiciones de habitabilidad y confort en el futuro. La arquitectura de acondicionamiento climático pasivo, según las condiciones del entorno geográfico, deberá responder al reto de generar una ciudad sostenible que lleve a generar un nuevo concepto de densidad optima urbana.

El no depender de la tecnología para las viviendas hará decaer una de las tipologías más extendidas en el siglo XX, el rascacielos. Por lo que las ciudades y la arquitectura deberán volcarse hacia la sostenibilidad para evitar cualquier consumo de energía que pueda ser prescindible, para evitar la subida del costo de vida. En plena cuarentena, los cargos por consumo de energía eléctrica, agua potable y comunicaciones en los hogares se han multiplicado. Lo que hará más largo el proceso de recuperación económica de cada familia, que saldrá endeudado de un periodo en el que no generaron las mismas cantidades e ingresos en su mayor parte. Pensar en el desarrollo de nuevas fuentes de energía sostenible en el futuro es la esperanza de la humanidad, pero también se debe desarrollar una nueva conciencia de consumo, un nuevo paradigma de responsabilidad individual para reducir el mismo en el futuro.

El volver a la vivienda unifamiliar aislada tampoco es factible cuando se tiende a limitar el crecimiento de las manchas urbanas porque se ha tomado conciencia de la dependencia de las áreas urbanas con las áreas productivas y las áreas naturales para satisfacer las necesidades de la población y preservar las condiciones ambientales de vida.

La ciudad compacta es hace décadas el discurso de la sostenibilidad, donde se propone limitar el consumo de suelo urbano para generar ciudades en red, y que ahora se han demostrado más manejables en tiempos de emergencia.  Además ciudades relativamente pequeñas y compactas, con alta mezcla social, garantizarían que las redes de servicio alcancen mayores coberturas, sean más eficientes y tangibles mejoras cualitativas.

Se debe repensar la forma de ocupación del territorio que solo ha traído grandes problemas ambientales, así como inequidad en el acceso a las ventajas de la ciudad, así como condenar a grandes sectores de la población a vivir en situaciones de precariedad, aún más peligrosas con las amenaza tangible del cambio climático. Debemos pensar en desarrollar las llamadas ciudades intermedias, que ofrezcan un sistema en red con accesibilidad e interconexión con los otros centros urbanos. De esta manera direcciones el crecimiento urbano hacia la cohesión social, cultural y funcional de manera equitativa en todas las áreas urbanas.

En las grandes ciudades existentes, se debe pensar en el camino de la descentralización urbana de todos los servicios y actividades económicas. Buscar generar barrios que sean comunidades, donde las personas puedan recorrer a pie los lugares habituales que necesita visitar diariamente. Estas comunidades deberán ofrecer una diversidad de actividades económicas que puedan ofrecer empleo a la mayor parte de la población, de esta manera evitar que muchas personas gasten tiempo, dinero y energía, en transportare al trabajo diariamente, además de disminuir la contaminación atmosférica enormemente. Estos nuevos barrios deberán adecuar su diseño a un tipo urbano donde se dé prioridad al peatón o a medios de transporte no motorizado. Un entorno urbano que restablezca la calidad del medio ambiente urbano a través de sencillas iniciativas como son la arborización, pavimentos permeables para la recolección de agua de lluvia, reducción de desechos sólidos, la construcción de ares verdes y espacios públicos que faciliten el desarrollo de la cohesión social, cultural y funcional como comunidad, en equilibrio con el crecimiento económico.

La pandemia demostró la alta interconexión que existe ahora en toda la economía mundial por grandes corporaciones, bancos, firmas internacionales que son altamente vulnerables a fenómenos globales o regionales que terminan afectando al conjunto de sus operaciones que ya son de escala global. Las ciudades desde el fenómeno de la globalización habían presentado una tendencia a convertirse en el centro de operaciones del sector terciario de la economía, es decir servicios, que no producen ningún producto tangible, pero permiten que operen todo el sistema de control económico y financiero que dominan a las ares productivas gracias a las tecnologías de la información y las comunicaciones. Estos entornos urbanos globales es donde se desarrollaron las más grandes brechas de inequidad al acceso de las oportunidades de formación y desarrollo laboral, lo que tenía como consecuencia directa las grandes desigualdades en los ingresos económicos. La cuarentena global golpea fuertemente a todas estas empresas que entran en crisis con nuevas exigencias para operar y se presentan nuevos riesgos de reducción de personal y amenazas de quiebra por lo prolongado de la medida. Además todas las soluciones que estas empresas tomen, estarán enfocadas a salvaguardar sus centros de control e innovación tecnológica, sobre los centros de producción, dejando siempre los golpes más fuertes como cierre de operaciones a la periferia, siendo los países más pobres los más afectados con esas medidas.

Todo el movimiento macroeconómico solo nos lleva a pensar que la profundización de las inequidades regionales, que repercutirán en las inequidades sociales. Por lo que otra enseñanza que podemos sacar de la pandemia es que las ciudades deben asegurar su supervivencia apostando a los emprendimientos locales, que aprovechen sus ventajas de localización, las materias primas disponibles y los saberes ancestrales que tienen un profundo conocimiento de los ecosistemas propios, además de tener el valor agregado de ofrecer productos que ayudan a la conservación de las culturas locales. De esta manera reducir la importación de productos que en tiempos de pandemia, fue una medida sanitaria necesaria. Con acciones como esta se estarán también reduciendo la incidencia del consumo humano sobre el planeta, porque al reducir los gastos de traslado de muchos productos se reduce también su huella ecológica.

Desde la microeconomía se puede hacer una mejor resistencia a las crisis, con soluciones tan simples como las huertas urbanas, que aseguren la supervivencia de las familias. Con iniciativas a diversas escalas como huertos comunitarios con alta incidencia en general cohesión social o emprendimientos privados de agricultura urbana, se puede generar una actividad económica que asegure la seguridad alimentaria de la población frente a cualquier emergencia y reduzca la vulnerabilidad de los centros urbanos frente al riesgo del cambio climático.

Una de las más grandes incógnitas que ahora se presentan para el futuro de las ciudades es si estamos ante el fin o una drástica reducción del turismo y la alta movilidad global. Junto a la concentración de actividades de entretenimiento en áreas urbanas, estos sectores de la economía habían experimentado un crecimiento constante en todo el mundo durante el último siglo. Las ciudades se habían convertido en destinos con grandes atracciones para el uso del tiempo libre o como centro de servicios para viajes de placer más relacionados con la naturaleza o atracciones fuera de los centros urbanos como ruinas arqueológicas o yacimientos fósiles, por dar algún ejemplo. El turismo y el entretenimiento serán de las actividades económicas que más tarden en volver a funcionar, y quizás deban también sufrir drásticos cambios en su manera de operar que puede incidir en los costos para los consumidores. Lo que significaría una reducción de la demanda por altos costos o por las trabas administrativas y sanitarias que se podrían imponer. La lucha contra el enemigo invisible del virus puede dejar la secuela del miedo que se traducirá en imposición de restricciones a los extranjeros por miedo a que traigan otras enfermedades. La exigencia del visado para visitar un país es la herramienta más común  para controlar a los forasteros, pero puede haber también reacciones como intolerancia y racismo que haga al turismo una actividad menos agradable y hasta peligrosa.

¿Algunas lecciones aprendidas?

Aún no termina este periodo de incertidumbre para poder medir claramente las consecuencias que dejaran en el mundo. Su duración será un factor clave para dejar secuelas, así como las acciones que se tomen durante ella, para que las secuelas sean positivas o negativas. Pero si se pude afirmar que las personas han tomado conciencia de su fragilidad y que el mito de la omnipotencia humana apoyada en la tecnología ha caído. Este nuevo periodo de finales del siglo XX, de grandes adelantos tecnológicos que redujo las distancias a un clic de la computadora y habían terminado con los privilegios de la información y el conocimiento, no han podido garantizar a la humanidad una respuesta ante la crisis. Las grandes redes globales mostraron su ineficiencia cuando se tiene que luchar en diversos escenarios, tanto socioeconómicos como naturales. Una nueva conciencia de la importancia del consumo más responsable por un reconocimiento en carne propia que los recursos son finitos, que el dinero no siempre puede comprar las soluciones y que dependemos muchos más de los que pensábamos de nuestros vecinos más cercanos, y de otros muchos más lejanos, permiten soñar con un futuro más sostenible desde la responsabilidad individual y la exigencia de derechos colectivos.

Podría sonar a poco cuando algunos expertos señalaban el nacimiento de un nuevo orden mundial, pero tener conciencia de mis acciones individuales como ciudadano significa remover las estructuras de la sociedad actual basada en la acumulación individual. Se tendrá que remover los cimientos de las ciudades, como modelo de vida basado en la tremenda desigualdad. Ahora la sociedad deberá tomar un papel más activo para exigir al estado el transformar las ciudades latinoamericanas en espacios de interacción social: saludables, equitativos, incluyentes y sostenibles, como única fórmula para lograr el ansiado desarrollo.

[1] Fuente: informe Nacional sobre Desarrollo Humano en Bolivia, Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo-PNUD, 2015.

[2] Ídem anterior.

[3] Ídem anterior.

[4] Sistema Nacional de Información en Salud, 2014.

[5] Articulo 18` de la Constitución Política del Estado Plurinacional de Bolivia.

[6] El “Producto Interno Bruto” es el valor monetario de todos los bienes y servicios producidos en una determinada región, en este caso el país, sin importar la propiedad de los medios de producción, durante un período determinado, normalmente un año.

[7] Fuente: Diario Página Siete, 25 de julio de 2018.

[8] Fuente: Diario Página Siete, 02 de junio de 2019.

[9]Coordinación de Rodney Pereira Maldonado: Análisis del empleo en Bolivia. Calidad, sector gremial y actores;  La Paz: Vicepresidencia del Estado Plurinacional, 2018.

[10] Enríquez, Alejandra y Mariana Galindo: “Empleo” en Serie de Estudios Económicos, Vol. 1, Agosto 2015. México DF: México, 2015.

[11] Fuente: Instituto Nacional de Estadística, Censo 2012, 2001 y 1992.

[12] Fuente: Censo de Población y Vivienda 2012, INE

[13] Fuente: informe Nacional sobre Desarrollo Humano en Bolivia, Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo-PNUD, 2015.

[14] Instituto de Investigación de la Facultad de Humanidades, UAGRM: “Formas y espacios de interrelación laboral urbana: Los niños, niñas y adolescentes que trabajan en la calle”, 2009.

[15] Fuente: informe Nacional sobre Desarrollo Humano en Bolivia, Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo-PNUD, 2015.

 

 

 

 

Director Ejecutivo de Santa Cruz Económico

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