Análisis de Carlos H. Molina, exprefecto del Departamento de Santa Cruz


 

La Nación de los Indios Chiquitos

“La pedagogía usada para la educación de los indígenas en las reducciones jesuíticas de Charcas recurrió a una estética (en arquitectura, escultura, pintura, música, danzas, teatro, etc.) orientada fundamentalmente a los sentidos y al intelecto para lograr en el nativo antes sólo cazador y recolector, se asiente en comunidades donde reinará el régimen de la razón.” “De esta forma se transitaba de una actitud indígena pasiva-defensiva y de simple subsistencia, a un estado activo de goce comunitario, de trabajo organizado de siembra y cosecha, de creación con el disfrute espiritual de la contemplación de lo creado.”

Así, en los elevados niveles de razonamiento que se alcanzaban poco a poco, se comprendían cada vez más la ley de causa y efecto y las demás leyes que rigen el orden del universo. Todos ello para consolidar la fe católica y construir “la ciudad de Dios en la tierra” en un reino teocrático conseguido también con la práctica constantes del “amaos los unos a los otros”, una férrea voluntad y una conducta ejemplar de los padres jesuitas. Los indígenas, con la ayuda de los sacerdotes, construían sus propios instrumentos musicales, intervenían en la creación de partituras, formaron coros a varias voces y orquestas magistralmente organizadas. Según Leibiniz “la música es el ejercicio aritmético del espíritu, que no es consciente de los números”, y fue precisamente la música el medio decisivo para alcanzar el éxito en las misiones. Además de su efecto embelesador en el espíritu y en la gran sensibilidad de los nativos, la música representaba la belleza en las relaciones de un mundo matemáticamente definido y que, por consiguiente, alimentaba el razonamiento ordenador aplicado en cada reducción.”

Mario Linares Urioste. La obra jesuítica en la Real Audiencia de Charcas. Casa de la Libertad, Fundación Cultural Banco Central de Bolivia, 2da Edición, noviembre de 2015