Por: Marcelo Elizondo, analista y consultor internacional. 

La reunión del G20 en Buenos Aires es un hecho de relevancia histórica única. Porque reúne a la mayor cantidad de grandes líderes que jamás se hayan encontrado en la Argentina, pero también porque ocurre en un momento en el que el mundo está discutiendo marcos de referencia para la internacionalidad luego de la pérdida de consensos en materia de comercio transfronterizo, relevancia geoestratégica de las potencias, instrumentos para el posicionamiento de los países y valor de las instituciones internacionales.

Ser anfitrión de un encuentro de esta relevancia es un hecho significativo, porque los países que logran incrementar su influencia se benefician, facilitando su acceso a flujos de inversiones, apoyo en instituciones multinacionales, consensos para acuerdos económicos o estratégicos, mejor cooperación internacional o inserción en procesos evolutivos internacionales.

Pero esta reunión ocurre ante un momento de cambio dramático. No está el mundo ante una adaptación sino ante un cambio. Se observará en Buenos Aires una reunión en medio de liderazgos políticos desgastados, instituciones supranacionales envejecidas, reclamos sociales mundiales difíciles de abastecer y una transformación profundísima de la economía planetaria.

Constataremos la existencia de dos realidades: por un lado, la globalización ha llegado lejos y ha producido beneficios para la humanidad al amparo del crecimiento del comercio transfronterizo, las inversiones multinacionales y la generación de encadenamientos internacionales productivos. Pero por el otro, no pocos líderes critican las condiciones en las que esa globalización hoy opera.

Lo cierto es que en los últimos 50 años el comercio internacional total —exportaciones e importaciones— pasó de equivaler el 25% a casi el 60% del producto global, y el total de flujos financieros internacionales pasó de 15% a 120% del producto mundial. En este proceso la sociedad del conocimiento ha hecho que por primera vez unos 3.000 millones de personas en el mundo tengan formación superior a la educación primaria. Es la economía en la que el factor prevalente ya no es uno de los tres tradicionales (tierra, capital, trabajo) sino lo que P. Sullivan (en Value-Driven Intelectual Ca- pital) llama el “capital intelectual”, que consiste en la prevalencia de las nuevas organizaciones productivas transfronterizas que operan disponiendo del conocimiento como factor económico diferencial.

Ahora, en la nueva discusión mundial, se mezclan ambiciones nostálgicas imposibles con nuevas incomodidades surgidas ante el abrupto cambio tecnológico, que muestra que lo más relevante no es ya el alza del comercio internacional de bienes (tradicional) sino el intercambio de datos por vía electrónica, que se multiplicó 45 veces en el último decenio. Es esto lo que nos ubica ante la vetustez en la configuración de muchas instituciones internacionales del siglo XX (por caso: en la producción de todos los bienes que fabrica el mundo hoy, el valor agregado generado por el capital intangible duplica al generado por el capital tangible).

La nueva institucionalización de la internacionalidad, el avance tecnológico y científico, los marcos para la integración de alianzas entre empresas a través de las fronteras para invertir, generar y compartir conocimiento y —como efecto de ello— proyectar e impulsar el comercio internacional, están aún en espera. ¿Es posible detener la globalización? No parece: un tercio del consumo en el mundo es de contenidos importados, mientras que insumos traídos del extranjero integran más de un cuarto de las exportaciones mundiales, las que se producen con equipos y bienes de capital que son importados en al menos la mitad de los procesos productivos en el planeta, y en base a conocimientos que tienen origen internacional en casi dos tercios del total.

Pero hoy, a la vez, el marco en el que se desarrolla esta internacionalidad exige una redefinición. En Buenos Aires habrá varios desafíos para los líderes presentes: escucharse, congeniar y al menos acordar algunos puntos comunes. Se mezclarán discusiones menores con diferencias profundas. Habrá aparentes problemas tácticos que en realidad esconden acomodamientos geoestratégicos profundos. Nuevos consensos serán necesarios para encauzar una evolución que puede caer en la anomia. El mundo no necesita héroes sino valores y consensos. Y se requerirá un gran esfuerzo para encauzar cierta confusión existente.

Pero la discusión en el planeta sobre cómo abordar políticamente estas veloces novedades que sorprenden a débiles y poderosos recién se inicia. En Buenos Aires los líderes podrán poner algo de luz para encontrar caminos nuevos que continuarán después, o estancarse ante el aturdimiento de la sorpresa. Quizá ambas cosas a la vez.

Fuente: Clarín