Análisis de Emilio Martínez Cardona (Minas, Uruguay, 13 de diciembre de 1971) es un escritor y periodista uruguayo–boliviano.

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La noción de “falacia” viene desde las Refutaciones sofísticas de Aristóteles y se refiere a un “argumento que parece válido, pero que no lo es”. En tiempos electorales este tipo de entramados seudo-lógicos suelen proliferar, con la intención de una persuasión más o menos sutil.

La primera falacia detectable en la campaña 2019 está siendo repetida sistemáticamente, con distintas variantes, por voceros del régimen de Evo Morales, quienes insisten en que -palabras más, palabras menos- “sólo la estabilidad política que representa Evo asegura la estabilidad económica”.

Esto incluye comenzar a hablar de una eventual devaluación o de supuestos ajustes tarifarios que vendrían con la subida al poder de la oposición.

La falsedad está basada en dos puntos:

1) Confundir la estabilidad política -que se garantiza con instituciones sólidas y respeto al ordenamiento constitucional- con la perpetuación de una persona y su entorno en el gobierno a pesar de la normativa jurídica y del mandato soberano de un referéndum popular. En realidad, la perpetuación es la vía hacia una creciente inestabilidad, como lo estamos viendo en Venezuela y Nicaragua.

2) Atribuir a los otros (la oposición) la intención “siniestra” de hacer algo que ellos (el oficialismo) están provocando, incubando y planificando. Así pasa con las presiones hacia el tipo de cambio, empujadas por una emisión monetaria inorgánica que ya no puede esconderse, al punto que el presidente del BCB tiene que salir a la palestra mediática para asegurar la estabilidad cambiaria “por esta gestión” (¿hasta que pasen las elecciones?). La corrección de este rumbo macroeconómico errado requerirá, más que de las hipotéticas medidas que el masismo agita como espantajo, de la supresión de los gastos suntuarios, lujos y malversaciones a los que es tan afecto el régimen. Se necesita, por tanto, la alternancia.

La otra gran falacia está siendo repetida aquí y allá por voceros de un sector de la oposición, que provisionalmente recibe mayor intención de votos en las encuestas, aunque ha estado perdiendo puntos porcentuales en el primer trimestre del año. Hablamos de la que podríamos denominar “falacia del voto útil a siete meses de la votación”, consistente en evitar todo debate que pudiera afectar al candidato de esa corriente, alegando que “cualquier cosa es mejor que Evo” y que esta “cualquier cosa” es la única con chances de ganarle al cocalero.

Además de la pobreza argumental del mal menor, la falacia se basa en plantear una disyuntiva precoz, cuando el voto útil es algo que recién merece ser examinado en los dos últimos meses de campaña.

Mientras tanto, no se puede pretender congelar todo debate democrático, amordazando a contrincantes a los que se teme dada la volatilidad de la intención de voto por el ex mandatario del que estamos hablando (un 38% que podría migrar fácilmente hacia una opción más convincente).

La falacia también busca acallar la discusión sobre qué candidato tiene mejores condiciones cualitativas para vencer en las urnas a Evo Morales. Porque las cuantitativas pueden variar bastante de aquí a octubre, teniendo en cuenta la altísima proporción de indecisos, que pueden cambiar todo el juego.