El nuevo marketing nos redirige pragmáticamente a un espacio de revolución constante, en el que vender el producto ya no es el fin consagrado, sino vender la emoción que representa dicho producto.
Lograr este momento mágico, cúspide, de conexión real y emocional, no es una tarea fácil.

Es el resultado de aprender a conectarnos a la máquina de sueños del consumidor, que controla su mundo interior, cargado de activadores sensoriales y emocionales que son relevantes para su vida.

Y aprender además, intuitivamente, cuál botón oprimir. La película de ciencia ficción Inception o El Origen en español, dirigida por el genio Christopher Nolan y protagonizada por Leonardo DiCaprio, Ellen Page y Joseph Gordon-Levitt, me parece que se convierte en una excelente analogía de la misión de un marketero de estos tiempos.

La película trata sobre Dom Cobb, un ladrón con una extraña habilidad de entrar a los sueños de la gente para robarles ideas y secretos de sus subconscientes. Su habilidad lo ha vuelto muy popular en el mundo del espionaje corporativo. El nudo de la película consiste en que Cobb y su grupo serán desafiados a realizar una tarea casi imposible: implantar una idea en la mente de una persona, en lugar de robarla.

La herramienta principal de este grupo de expertos en espionaje onírico, es la “máquina de los sueños”, con la que logran invadir el sueño de una persona determinada y construir una situación, de tal modo que sea posible influir inconscientemente en las decisiones del individuo en la vida real.

Aunque la trama que describo es pura ficción, las nuevas tendencias del marketing presentan desafíos igual de audaces.

Tanto las estrategias de planning, como el proceso de conceptualización de campañas publicitarias, implica que nos transformemos en verdaderos arquitectos de un mundo relevante para el consumidor.

Ello implica conocer el estilo de vida, principios y esquema de valores de la persona, diseñar con empatía en base a este conocimiento, un escenario cautivante para su mundo emocional y sembrar una propuesta de valor que brinde un propósito mayor a las cualidades intrínsecas de nuestro producto o servicio.

A diferencia de la película, en el mundo real, esta implantación no se realiza mientras nuestro consumidor está dormido, sino cuando sus sentidos y percepciones están totalmente despiertas.

Para ello, como marca, debemos sostener un proceso de interacción y diálogo consciente y consecuente en el tiempo, que les brinde ganancia emocional.

En esta instancia resulta esencial saber qué emociones vamos a asociar a nuestra estrategia.

Y cuando hablamos de emociones, una de las teorías esqueleto para construir storytellings de marca emocionantes, es la de Robert Plutchik, llamada La Rueda de las Emociones, que señala que existen ocho emociones básicas:

La tristeza, la alegría, la anticipación, la confianza, el miedo, la ira, la aversión o el asco y la sorpresa.

Según Plutchik, estas emociones primarias, al igual que los colores, se mezclan para crear los secundarios y de ahí los complementarios.
Por tanto, las emociones básicas se combinan para crear una gran diversidad de sentimientos, donde la conducta de los individuos se ve reflejada.

En el tsunami de data-estímulos en el que vivimos inmersos y en medio de la marea de usuarios cuya voluntad y deseos cambian constantemente, para que una conexión sea poderosa, es fundamental saber elegir el espectro de emociones con las que conectaremos con nuestro consumidor y principalmente, de qué tan hábiles seamos conceptualizando el origen de esta relación.

Autora: Eliana López