Editorial de diario El Potosí

La elección de Jair Bolsonaro como presidente del Brasil es una mala noticia para Bolivia por cuanto lo que pase en ese país de aquí en adelante tendrá consecuencias directas en el nuestro, tanto en el plano político como en el económico.

En un mundo pragmático como el de hoy en día, la política tiene que ver más con las tendencias que con las ideologías. En ese sentido, habrá que recordar que el gobierno del presidente Evo Morales está públicamente adscrito a la corriente denominada “socialismo del siglo XXI” que fue impulsada por el fallecido presidente venezolano Hugo Chávez. Bolsonaro, por su parte, ha proclamado sin ambages su pensamiento liberal, promilitar y derechista.

A partir de esas diferencias ya se advierte los problemas inmediatos. En los más de 12 años de gobierno de Evo Morales, la relación con el Brasil no solo fue buena… fue más que buena. La primera razón para ello era, obviamente, las simpatías ideológicas de sus líderes. No debemos olvidar que el boliviano llega al poder el 22 de enero de 2006, cuando Lula da Silva ya llevaba más de dos años gobernando Brasil con un éxito que no podía negarse entonces.

Lula no solo acogió a Morales sino también a Chávez que había ascendido a la presidencia venezolana mucho antes, en 1999. Son célebres las fotos de los tres y los comentarios de Morales al respecto: decía que Chávez era su hermano y Da Silva el padre de ambos. Mucho cariño y mucha ternura pero con resultados perecederos.

En el apogeo de Lula, Brasil no solo mantuvo su rol de potencia mundial sino que se fortaleció y avanzó en lo social. Venezuela, en cambio, comenzó a llenar el vacío que había dejado la extinta Unión Soviética y desarrolló una labor de asistencialismo que favoreció preferentemente a Bolivia. El problema de ambos es que ninguno pudo frenar la corrupción que creció a partir de cada uno de sus partidos.

La institucionalidad de Brasil frenó el crecimiento del Partido de los Trabajadores y las denuncias de enriquecimiento ilícito de muchos de sus dirigentes comenzaron a hacer mella. En Venezuela, en cambio, Chávez se comió al país y cambió las leyes para que le permitan mandar hasta su muerte, cosa que en efecto ocurrió de manera innegablemente prematura.

Pero mientras Venezuela cedía ante el control de un partido y su autoritarismo, en Brasil crecía el descontento por la corruptela. En medio de una ola de denuncias, el propio Lula da Silva fue a parar a la cárcel y los votantes rebasaron los límites del hartazgo. Ese fue el caldo de cultivo para un rechazo hacia el socialismo, a la izquierda, y una sorprendente receptividad a su extremo contrario, la derecha, y no solo la derecha sino la ultraderecha.

Las tendencias de Bolsonaro y Morales son ideológicamente opuestas. Esa es la razón por la que, políticamente hablando, resultará muy difícil un entendimiento entre ambos. Eso llevará, inevitablemente, a un rompimiento cuyas consecuencias serán económicas.

Y los efectos se sentirán en los bolsillos porque fue la afinidad entre Lula y Evo la que permitió que Brasil y Bolivia renueven sus contratos de venta de gas natural que constituyen buena parte de los macroingresos que percibe el país. Ahora que al nuevo presidente no le interesa mantener los términos de amistad que manejaron sus predecesores, la posibilidad de que el contrato no se renueve es muy grande y eso se traducirá en una drástica reducción de los ingresos que el gobierno estuvo aprovechando para gastar a manos llenas.

Entonces, a menos que se opere un milagro, nada bueno puede esperar Bolivia de Brasil una vez que asuma Bolsonaro

Fuente: El Potosí