Pocos economistas son más populares que Arthur B. Laffer. Nacido en Ohio hace 78 años, este experto lleva décadas advirtiendo a los políticos de que elevar la presión fiscal no se traduce necesariamente en una mayor recaudación Cuenta la leyenda que sus ideas empezaron a popularizarse tras una cena con el posteriormente vicepresidente de Estados Unidos Dick Cheney y el posteriormente secretario de Defensa Donald Rumsfeld en la que garabateó la famosa curva en una servilleta.

¿Le cuento la versión oficial o la real?

Siempre creí que la historia oficial era la real. No exactamente. Empecemos por el principio. Como profesor universitario, siempre intenté que mis estudiantes comprendiesen fácilmente todo lo que les explicaba. En mis clases introducía ejemplos de la vida cotidiana, anécdotas… La curva de Laffer, antes de ser la Curva de Laffer, era simplemente una de las curvas que presentaba durante mis lecciones. Con ese gráfico simplemente pretendía recordar a mis alumnos que subir impuestos no siempre genera los ingresos esperados. De hecho, en ocasiones se puede recaudar más con tasas más bajas. Mis alumnos lo entendían a la primera, pero los políticos… ¡Con ellos todo es mucho más complicado de lo que debería!

¿Hablamos de los años 70? Sí. Por aquel entonces, el Gobierno de Gerald Ford quería subir los impuestos para aumentar un 5% los ingresos federales. Mis cálculos decían algo muy distinto. Si se aplicaba aquel incremento no solo no se iban a conseguir los recursos esperados, sino que incluso se podía llegar a un escenario de menor recaudación. Preocupado por aquel error que el Gobierno estaba a punto de cometer, me reuní con muchos políticos para mis investigaciones. A menudo, lo hacía dibujando la famosa curva en el primer papel que encontraba a mano. Y ahí llega la famosa cena con Dick Cheney y Donald Rumsfeld. Sí. Fue en septiembre de 1974. No éramos desconocidos. De hecho, comíamos juntos una vez al mes.

Cheney fue mi compañero en la universidad y hemos sido amigos desde entonces. Rumsfeld era entonces jefe de gabinete de Ford, uno de los cargos más influyentes de Washington. En aquella ocasión no estábamos solos. Nos acompañó Jude Wanniski, un destacado columnista del Wall Street Journal. Durante la sobremesa, garabateé la curva en una servilleta de tela. Wanniski contó aquella conversación en un artículo que tuvo gran repercusión y que exponía brillantemente lo importante que es encontrar niveles de fiscalidad eficientes y favorables al crecimiento. La leyenda cuenta que Wanniski se quedó con la servilleta de tela. No exactamente. A mis 78 años ya puedo contar lo que sucedió realmente… Como la curva empezó a hacerse famosa, Wanniski me pidió que la replicase en una servilleta muy similar a la del restaurante del Hotel Washington en el que nos habíamos encontrado con Cheney y Rumsfeld. Y esa servilleta es ahora una pieza de coleccionista. Ha sido exhibida por la Institución Brookings y ahora está en el Museo Nacional de Historia Americana. Pero es una réplica.

¡Me temo que la original acabó en la papelera! Seguro que algún camarero se enfadó al ver lo que habíamos hecho con aquella servilleta. Pero sin esa servilleta, las cosas no habrían cambiado. Ya lo creo que cambiaron. Los años 80, con Ronald Reagan y Margaret Thatcher, marcan el comienzo del cambio en las políticas fiscales de Occidente. Hasta entonces, parecía normal aplicar impuestos muy altos a las empresas y los trabajadores.

En el fondo, lo que yo quería en los años 80 era volver a los años 20 o los 60. En los 20, el presidente Coolidge redujo los impuestos y creó un entorno tan favorable para el crecimiento que la recaudación terminó subiendo.

Con Kennedy, la política fiscal fue parecida y el resultado también fue muy bueno. Kennedy bajó el tipo superior del impuesto sobre la renta del 91% al 70% y el tramo inferior del 20% al 14%. Aumentó también los mínimos exentos. Y en Sociedades aprobó un recorte de cuatro puntos en la tasa de referencia. No solo eso: Kennedy introdujo deducciones al ahorro y la inversión.

En resumen: creó incentivos para fomentar el crecimiento y la productividad. Y, claro, aquello funcionó de maravilla.

Los 60 fueron un período estupendo para la economía. Ocho años de crecimiento, de empleo… y superávit fiscal, sí, pero con menos impuestos. No es casual que Kennedy y Reagan sean los políticos mejor valorados en Estados Unidos. Evidentemente, la prosperidad que generaron tiene mucho que ver con el buen recuerdo que guardan los estadounidenses de ambos. Con Reagan, el tramo superior del impuesto sobre la renta era del 70%, pero lo dejamos en el 28%. Fue una reducción muy importante.

También bajamos los tramos para los demás niveles de renta y simplificamos el número de tarifas en vigor. Para las empresas, el gravamen sobre los beneficios empresariales cayó del 46% al 34%. Fueron años de acelerado crecimiento. Los ingresos de toda la población aumentaron sustancialmente. Una época gloriosa. Y lo más curioso de todo es que, al final, los ingresos fiscales obtenidos de los más ricos no solo no bajaron, sino que subieron. ¿Por qué? Porque los tipos eran prohibitivos y la gente que podía hacerlo buscaba maneras de esquivar el golpe mediante estrategias de ingeniería fiscal. Además, cuando el tipo de referencia es del 70%, mucha gente se lo piensa dos veces antes de trabajar y esforzarse más. Cuando es del 28%, la cosa cambia.

¿Cómo conoció a Reagan? Cuando era gobernador de California forja una amistad muy estrecha con mi padrino Justin, que trabajaba como jefe de cocina de la mansión reservada al máximo mandatario de la región. Lo conocí de esa forma y, en los cuatro años anteriores a su llegada a la Casa Blanca, nos reuníamos para comer al menos una vez al mes en Beverly Hills. Él leía libros de economía, me traía artículos subrayados… No entendía por qué todo el mundo quería subir el gasto y los impuestos. Mientras otros aplaudían, él recelaba. Siempre pensó que las cosas se podían hacer de otra manera. Nunca compró el discurso imperante, que favorecía el intervencionismo en todos los ámbitos de la economía. Aunque ya lo había intentado y era un candidato mayor, Reagan insiste en presentarse a las primarias republicanas con el objetivo de llegar a la Casa Blanca. Quiso contar conmigo, pero yo era muy joven…

Su equipo estaba repleto de veteranos que me sacaban 30 ó 40 años. Al final, me incluyeron en sus sesiones de trabajo, pero a cambio de que me limitara a tomar notas y redactar actas que resumiesen todo lo que se había comentado en aquellos encuentros. La biblioteca del museo presidencial dedicado a Reagan tiene hoy esas notas.

Y Reagan llegó a la Casa Blanca. Nuestra relación siguió siendo muy estrecha. Me nombró asesor junto con otros 10 ó 12 economistas de muy alto nivel, como George Schultz. Y mantuve esa responsabilidad durante sus dos mandatos. Pero nunca cobré por ello. Yo viajaba a Washington y me lo pagaba de mi bolsillo. Nunca les costé un centavo a los contribuyentes y nunca fui un empleado de Reagan.

Yo quería seguir siendo honesto, independiente y transparente. Al presidente le gustaba eso. Sabía que, ante la duda, yo no me iba a callar. Y en las reuniones le contradecía siempre que me parecía necesario, aunque fuese para hacer de abogado del diablo. No se enfadaba, porque su carácter era muy afable, pero sí se quedaba muy pensativo y luego me mandaba cartas en las que intentaba desmontar mis argumentos críticos. Eso demuestra que se quedaba pensando en lo que hablábamos y, de su puño y letra, se interesaba por aprender más. Guardo muchas de aquellas cartas.

La rebaja de impuestos fue un éxito rotundo.

El crecimiento se disparó, la inflación se moderó, el comercio con el resto del mundo fue a más y el final del comunismo se hizo realidad. Después de los años de la Casa Blanca, mantuvimos el contacto y seguimos siendo buenos amigos, pero hubo un punto en el que el alzhéimer lo estaba machacando de tal forma que se me hacía ya muy difícil verme con él. Es una enfermedad muy dura. Para mí era un héroe nacional y, en lo personal, una especie de figura paterna. Por eso era muy doloroso verlo en aquellas condiciones. Mantuve el contacto con su esposa Nancy y, después de su muerte, pasé mucho tiempo con ella, recordándole como el gran hombre que era, un tipo divertido, cariñoso y estimulante.

Te podías morir de risa con sus chistes. Pero también era un gigante en la política… y en la economía. Eso le molestaba mucho a los más elitistas, que lo tomaban por un cowboy de Hollywood y no supieron ver que Reagan era, en realidad, uno de los líderes más importantes de la historia moderna.

¿Cómo valora el comportamiento de la economía? La prueba del algodón es el crecimiento. Paul Krugman, Larry Summers y los economistas de cabecera de Barack Obama decían que crecer al 1% o al 2% era lo normal. Siempre me pareció absurdo que se conformasen con cifras tan mediocres. El resultado de esa falta de ambición es que la economía creció un 2% en 2015 y un 1,9% en 2016. Son niveles muy bajos, con esas tasas no suben los salarios ni sacas a nadie de la pobreza. Y fíjese en lo que está pasando: el crecimiento en 2017 subió al 2,5% y se disparó al 3% en 2018, con trimestres en los que hemos estado cerca del 4%.

¿Quién dice ahora que no se puede crecer más? Las economías de Occidente están enfermas por la falta de crecimiento. Todos los economistas dicen que no se puede crecer más: yo digo que sí se puede crecer más y me gusta ver que los resultados están dándome la razón. ¡Mire España! Reformó su mercado de trabajo en 2012, bajó impuestos en 2014 y, desde 2015, ha crecido a tasas del 3% y creado cientos de miles de empleos.

Pero, en materia de empleo, Obama dejó a Trump un paro relativamente bajo. Sí, pero por ejemplo si se bucea en las cifras se ve que el grueso del empleo se creaba en territorios gobernados por los republicanos, por ejemplo, en Texas. Sin embargo, ahora la cosa ha cambiado y la creación de empleo es más intensa y está menos fragmentada. En 2017 se crearon 182.000 nuevos empleos y en 2018 llegamos a los 223.000.

Si comparamos las proyecciones del Gobierno de Obama para 2017 y 2018 con las cifras reales, vemos que se están creando 50.000 ó 60.000 empleos más de los esperados. Y los datos de enero de 2019 han sido estupendos, de modo que el año nuevo ha empezado con fuerza. Tiene otros indicadores interesantes, como el número de personas que reclama cobrar el subsidio de paro. Con Obama, el promedio semanal era de 300.000 solicitudes. Con Trump, estamos acercándonos a las 200.000.

La política monetaria genera incertidumbre. Subir los tipos es necesario, sobre todo después de tantos años de dinero barato, pero hay tambores de recesión entre quienes creemos que el crecimiento actual se explica, al menos en parte, por las distorsiones que ha generado la Fed. Entiendo esa preocupación. De 2008 a 2016, la base monetaria se triplicó. ¡Es algo sin precedentes! Sin embargo, eso ha empezado a cambiar. Por ejemplo, la base monetaria se estanca en 2017 y se reduce en 2018.

Lo mismo sucede con el balance de la Fed, que está empezando a contraerse después de una fuerte expansión. Es importante normalizar cuanto antes las condiciones monetarias, pero ya se están dando pasos en esa dirección y, en cualquier caso, hay que subir tipos con sensatez, porque un aumento repentino puede generar tensiones innecesarias. Vayamos a la rebaja fiscal.

El impuesto de sociedades pasó del 35% al 21% y las inversiones corporativas se deducen íntegramente e inmediatamente. El mínimo exento en la renta se ha duplicado y todos los tramos tienen ahora una tarifa más baja. Nadie discute que la reducción ha sido histórica. Lo ha sido. Es la mejor reforma fiscal que he tenido la oportunidad de diseñar. Partiendo de que es todo un logro, ¿qué hay de los ingresos? Ante todo, el primer objetivo era impulsar el crecimiento. La deuda y el déficit se miden en relación con el PIB y, si el PIB está deprimido, ambos indicadores se enquistan en niveles insostenibles. Por eso había que promover un cambio de paradigma y las cifras demuestran que lo estamos consiguiendo. Si vamos solo a los ingresos de sociedades, lo cierto es que se han desplomado.

No esperábamos lo contrario. De enero a marzo, los ingresos derivados por este tributo cayeron un 23%, mientras que entre abril y junio lo hicieron un 32% y de julio a septiembre, un 40%.

Pero hay que tener en cuenta que el peso de sociedades es reducido en el conjunto de los ingresos fiscales, de modo que esta caída de ingresos era algo que ya dábamos por hecho y que no nos preocupa mucho. De hecho, los efectos son positivos, porque con una rebaja tan agresiva se crea más empleo, se invierte mucho más, se mejoran los salarios y, en definitiva, se impulsa la actividad, de modo que los efectos de la rebaja de sociedades son positivos para la recaudación de otras figuras tributarias. Así, los ingresos fiscales en su conjunto subieron el 6% en el primer trimestre de 2018, el 5% en el segundo y otro 5% en el tercero. Sociedades recauda menos, pero todos los demás impuestos recaudan más.

Mis detractores decían que sucedería lo contrario. Se equivocaron, como siempre. El problema fiscal que teníamos era doble: demasiados impuestos y demasiado gasto. Ya hemos resuelto lo primero, ahora tenemos que solucionar lo segundo. Me preocupa que los republicanos no se tomen el tema con la seriedad debida y me alarma que los demócratas solo piensen en gastar más y más.

Pero la brecha fiscal no la genera la rebaja fiscal, puesto que los ingresos han crecido con el aumento de la actividad, sino que se explica por la falta de austeridad de los políticos. El crecimiento maquilla esas cifras porque, como decíamos antes, la deuda y el déficit se miden en relación con el PIB. Pero tenemos que recuperar el espíritu de los años de Clinton y llegar a un gran acuerdo que reduzca el gasto de forma estructural.

¿Qué me dice de la desregulación? Ahí Trump merece un aplauso rotundo. Dijo que eliminaría dos normas por cada nueva regla introducida.

El balance en 2017 fue mucho mejor: ¡22 a 1! Detrás de esas cifras abstractas hay miles de proyectos privados que pasan de estar en un cajón, asfixiados por la burocracia, a operar con la complicidad de un Gobierno más ligero.

Por ejemplo, en el ámbito energético, Trump ha retirado los obstáculos que impedían el crecimiento del fracking. Gracias a eso, Estado Unidos será exportador de petróleo durante muchos años. En España, propuestas como las suyas generan furibundos ataques por parte de la izquierda, que denuncia las rebajas de impuestos como una fórmula generadora de desigualdad.

Si subes los impuestos a los ricos no consigues el dinero que esperabas recaudar y, de hecho, generas un agujero fiscal mayor, porque el gasto aumenta, pero los ingresos no se comportan igual.

Al final, eso exige más alzas fiscales que golpean a todos. Las subidas fiscales a los ricos las terminan pagando los pobres. Y, para ayudar a los pobres, necesitamos crecimiento, necesitamos que encuentren mejores empleos y que sus sueldos sean más altos.

¿Alguien cree que asfixiando a las rentas altas y las empresas se van a crear más empleos? ¿Alguien cree que ese es el camino? ¡Es justo al revés!

España debería emular lo que propuse en los años 80 con Jerry Brown: un impuesto de tipo único, una tarifa plana en el impuesto sobre la renta. Digan adiós a las deducciones que no entiende nadie, a las retenciones que ocultan el coste real del impuesto… Olviden todo eso. Sean valientes y apuesten por un sistema fiscal moderno, sencillo y generador de riqueza para todos. La última vez que hablamos, en Madrid, me dijo que la estrategia de subir impuestos en plena crisis le parecía un ejemplo de “masoquismo fiscal”.

España ha sufrido una crisis muy dura, pero fue estúpido responder a la recesión con más impuestos. Cuando me dijo que los habían subido 40 ó 50 veces entre 2008 y 2013, me quedé en estado de shock. Ni siquiera se me ocurren maneras de subir 40 ó 50 veces los impuestos… Y en efecto, fue “masoquismo fiscal” y retrasó la recuperación.

No es ninguna casualidad que los impuestos bajasen en 2014-2015 y la economía creciese con fuerza desde entonces.

El Gobierno de Sánchez quería crear nuevas figuras fiscales.

¿Qué le llama la atención de nuestro sistema tributario? De entrada, es sorprendente que España insista en ser el único país europeo que grava el patrimonio.

Hace 10 años había una docena de países ricos que mantenían dicho gravamen, pero hoy en día es una rémora tributaria que solo sirve para ahuyentar a las grandes fortunas. Imaginen cuánta gente de elevado poder adquisitivo querría vivir en España si tuviese incentivos fiscales adecuados.

También es sorprendente lo que ocurre con sucesiones.

¿Qué sentido tiene añadir un gravamen en el momento de la herencia si esos bienes ya han pasado por otras figuras fiscales? Si hasta la izquierda sueca reconoció que era un sinsentido, no entiendo que la izquierda española siga insistiendo en el mismo error.

El hartazgo social con los impuestos ha ido a más.

Según sondeos oficiales, en torno al 60% de la población considera que paga demasiado, sobre todo en relación con lo que recibe a cambio.

Si sancionamos el tabaco es para que la gente deje de fumar. Si penalizamos el alcohol es para evitar un consumo irresponsable.

¿Por qué gravamos la creación de empleo, la inversión, hasta el punto de que una renta media pierde la mitad de su riqueza en impuestos? Y, en el caso de España, me sorprende esa ingeniería fiscal, esa obsesión con castigar al ahorrador y al empresario… Subir impuestos a los ricos es un error, un grave error.

Es un error económico y es un error moral. España necesita un sistema justo, que premie el esfuerzo, pero lo que están haciendo es todo lo contrario. Al contribuyente no hay que castigarlo: hay que mandarle flores.

Dejen de maltratar a quienes crean riqueza. Los amigos de los impuestos altos odian a la gente rica, odian a la gente de éxito. Pero se olvidan de lo importante: la pobreza.

El reto social que enfrentamos es el de enriquecer a los pobres, no empobrecer a los ricos. Hay que ayudar a quienes están abajo, no tumbar a quienes están arriba.

Ningún país prospera castigando a los creadores de riqueza.

Fuente: Expansión