Análisis de Emilio Martínez Cardona (Minas, Uruguay, 13 de diciembre de 1971) es un escritor y periodista uruguayo–boliviano.

De nada sirvieron los sombreros indígenas ni las tutumas colgantes usadas en las fiestas provinciales: al vicepresidente Álvaro García Linera le pidieron unas palabras en una lengua “originaria” y toda la farsa del marxismo étnico se vino abajo en cuestión de minutos.

Y es que el segundo mandatario no sólo demostró ser monolingüe sino –para usar la retórica de su grupo Comuna- monocivilizatorio, perteneciente a esa civilización occidental que, como buen intelectual deconstruccionista, insiste en denostar pero de la que depende de manera umbilical. Amor y odio, que le dicen.

El artificio ideológico del etnomarxismo, edificado durante décadas por García Linera, sirve en realidad para enmascarar la dictadura de la lumpenburguesía cocalera, ni más ni menos.

Se suponía que sería el cruce de formas sociales y pensamiento autóctono con la influencia revolucionaria mundial, pero en verdad no es más que otra importación teórica de cabo a rabo, explicitada en el maoísmo y el polpotismo, pero ya implícita en el Marx de la carta a Vera Zasulich, donde el autor del Das Kapital exploraba las posibilidades socialistas de la comuna agrícola rusa.

Esto en cuanto a lo puesto por el vicepresidente en papel y tinta. La praxis, como sabemos, es muy otra. La praxis es la de ese capitalismo andino de camarilla, anticompetitivo, neo-oligárquico y mercantilista, erigido a base de adjudicaciones públicas discrecionales para los amigos.

Es la izquierda caviar de los banquetes suntuosos y las fotografías sonrientes con actores/sicarios del jet-set de Hollywood, de las visitas a Miss Universo y de las mansiones en Ciudad de México. Opulencia del poder y miseria de la ideología.

A esta altura, lo indígena en el régimen no pasa de ser adorno y folclore, instrumentalización como tropas de choque cuando hace falta carne de cañón, y prebendas para las burocracias sindicales que se arrogan una representación nada democrática, surgida de la unanimidad del chicote. El seudo-nativismo ornamental como apariencia que encubre a una cleptocracia cada vez más tiránica.

Por su parte, el caudillo Evo Morales tampoco parece poder demostrar su condición de políglota, si exceptuamos esos tuits en inglés escritos por sus asesores. Uno de sus ministros dice que “Evo es trilingüe” y dan ganas de aceptar la afirmación, no en lo estrictamente idiomático sino en lo conceptual. Tres lenguas, entendidas como discursos diferentes dirigidos a tres distintos auditorios.

La lengua populista con la que le habla a “las bases”, cargada de antiimperialismo recalcitrante y racismo inverso. La lengua tranquilizadora o sedante, con la que trata de venderle su peculiar versión personalista de la estabilidad a las capas medias. Y la lengua verde ecologista, orientada a los auditorios internacionales, en flagrante contradicción con las políticas reales que implementa hacia las áreas protegidas y parques nacionales de Bolivia.Son otras tantas farsas de este crepuscular etnomarxismo.